Para muchas familias, no tener una vivienda propia significa vivir con la incertidumbre de pagar alquileres, mover a los hijos de un lugar a otro y decidir entre un techo o la comida. Esa fue la realidad de Paula durante años: una vida marcada por luchas, sacrificios y una fe que nunca dejó de sostenerla. Cuando su hija Ángeles tenía apenas 26 meses, le diagnosticaron retinoblastoma, un cáncer en el ojo. Ángeles perdió uno de sus ojos y ahora usa una prótesis. Los gastos médicos, las visitas constantes, el pago del alquiler y la alimentación se convirtieron en preocupaciones diarias. “A veces teníamos para comer, pero por pagar el alquiler nos tocaba ver cómo hacíamos para la alimentación de mis hijas. Fue algo muy duro”, recuerda Paula. Llegó incluso a presentarse como indigente para que su hija recibiera atención médica. Esas experiencias dejaron huellas profundas, no solo económicas sino también emocionales y sociales.
A pesar de todo, Paula no perdió la esperanza. Creyó que su historia podía cambiar y ese anhelo encontró respuesta en el proyecto Transformando Comunidades, desarrollado en alianza con familias en situación de vulnerabilidad y financiado por CEPUDO y Food For The Poor, con el acompañamiento de World Vision. La iniciativa no solo construyó viviendas dignas, sino que involucró a las familias en el proceso, pidiendo su participación a través de mano de obra y fortaleciendo el sentido de pertenencia. Tener una casa propia fue, para Paula, mucho más que un techo: significó tranquilidad, dignidad y la posibilidad de dejar atrás humillaciones. “Gracias a Dios estamos aquí, con mi casita. Feliz, muy contenta. Tener mi casa fue lo más bello que me ha pasado”, comparte. Pero su transformación no terminó con la entrega de la vivienda.
Acompañamos a las familias con metodologías de desarrollo integral, entre ellas la Cosmovisión Bíblica Empoderada. Paula recibió charlas formativas que poco a poco fueron transformando su interior: no eran simples talleres, sino espacios para repensar su historia, sanar heridas y reconocer el papel que podía asumir en su comunidad. En Honduras, más de 75,000 personas han completado esta formación; Paula es una de ellas y su testimonio refleja cómo el aprendizaje puede germinar en cambios reales. Uno de los procesos que más impactó a Paula fue la metodología Limpios y Felices, orientada a hábitos de higiene, cuidado personal y saneamiento comunitario, especialmente dirigida a niñas y niños. Para ella, enseñar no fue solo transmitir información: fue servir desde la experiencia. Al trabajar con los niños, Paula dejó de verse solo como beneficiaria y se convirtió en agente de cambio. “Fue una de las experiencias más hermosas que viví, enseñarles a los niños cómo vivir una vida diferente, cómo empezar con el saneamiento, con la limpieza personal, la limpieza de sus casas y de la comunidad”, cuenta.
La transformación interna de Paula también la llevó a superar sentimientos de aislamiento y resentimiento. Aprendió a amar al prójimo y ayudar a otros en lugar de cargar la culpa sobre quienes la rodeaban. Ese giro en su forma de ver la vida le permitió fortalecer vínculos familiares: hoy comparte aprendizajes con sus hijas, y Ángeles participa activamente en las actividades comunitarias junto a su madre.
Hoy Paula participa con dedicación en su comunidad, guiando a los niños en prácticas que fortalecen su salud y bienestar, multiplicando lo que ella misma recibió. Ver las sonrisas de los pequeños y saber que su labor cambia vidas es, para ella, una de las mayores satisfacciones. Su historia nos muestra que una vivienda digna puede ser el punto de partida, pero el acompañamiento, la formación y la oportunidad de servir son los elementos que consolidan una verdadera transformación. Cuando una persona encuentra nuevas formas de ver su vida, su dolor puede convertirse en esperanza y su esperanza en servicio para otros. Paula no solo recuperó la dignidad de un hogar; inspiró a su comunidad a imaginar y construir un futuro distinto.