Desde pequeña, Ana Mascareño soñaba con estudiar y convertirse en una profesional. Creció en Piedra Ancha, Danlí, El Paraíso, siendo una niña alegre, dedicada y apasionada por la escuela. Para ella, la educación representaba la oportunidad de construir un mejor futuro. Pero a los 13 años, su vida cambió por completo. Ana fue diagnosticada con cataratas y, poco tiempo después, perdió totalmente la vista en ambos ojos. Aquella noticia no solo transformó su rutina, también apagó muchos de los sueños que había construido desde niña.

“Me dijeron que ya no podía seguir estudiando”, recuerda Ana.

En medio de la incertidumbre y el dolor, comenzó a aislarse. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en su cuarto, dormía durante el día y sentía que las oportunidades se habían terminado para ella.

“¿Para qué seguir si ya no puedo hacer lo que soñaba?”, se preguntaba constantemente.

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Junto a su mamá y sus hermanas, intentaba adaptarse a una nueva realidad llena de desafíos. Sin embargo, su historia apenas comenzaba. Todo empezó a cambiar cuando conoció a una persona con discapacidad visual que le habló sobre un programa de rehabilitación. Aunque al inicio tenía miedo y pocas esperanzas, decidió intentarlo. Esa decisión marcaría un antes y un después en su vida. Durante el proceso aprendió Braille y, con cada palabra que lograba leer, también recuperaba la confianza en sí misma. Poco a poco volvió a creer que todavía podía salir adelante y alcanzar nuevas metas.nFue en ese camino donde escuchó por primera vez sobre Youth Ready. Su maestra de Braille la animó a participar y le dijo algo que nunca olvidará: “Todo lo que ha aprendido, es momento de ponerlo en práctica”. Ana decidió dar ese paso.

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En Youth Ready descubrió el mundo del emprendimiento, algo que nunca antes había imaginado para su vida. Allí recibió formación, herramientas y acompañamiento para desarrollar nuevas habilidades y fortalecer su confianza. Al finalizar el proceso, presentó su idea de negocio y meses después recibió una noticia que cambiaría nuevamente su historia: había sido seleccionada para recibir capital semilla. La emoción fue tan grande que revisaba su teléfono constantemente porque pensaba que podía tratarse de un error.

“Recuerdo que no podía creerlo. Revisaba mi teléfono una y otra vez, pensando que era un error”, cuenta Ana.

Cuando finalmente recibió el apoyo, lloró de alegría. Por primera vez sintió que una oportunidad real estaba en sus manos. Comenzó emprendiendo con la venta de ropa, pero las dificultades de movilización la llevaron a reinventarse. Decidió vender lo que tenía e iniciar un negocio desde casa ofreciendo productos lácteos y carne, como pollo, mantequilla, queso y chorizo. Hoy, ese emprendimiento se ha convertido en el sustento de su hogar y en una fuente de dignidad para su familia.

Además, la vida le regaló una nueva motivación: su hijo, quien actualmente tiene tres meses y se ha convertido en la razón que la impulsa a seguir luchando cada día. Ahora Ana no solo trabaja por sus propios sueños, sino también por construir un mejor futuro para su familia.

Hoy puedo decir que me siento capaz, fuerte y agradecida. Lo que antes parecía el final, se convirtió en un nuevo comienzo”, expresa.

A quienes sienten que no existen oportunidades, Ana les deja un mensaje claro y esperanzador:

“Sí las hay. A veces no llegan solas, hay que buscarlas, creer en ellas y atreverse. No se rindan. Todo sacrificio vale la pena”.

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