En Erandique, un municipio rodeado de montañas y caminos que parecen contar historias propias, la educación avanzaba al ritmo de los libros gastados por el tiempo y la tiza que aún marcaba las pizarras. En el centro educativo Dionisio de Herrera, ubicado en la comunidad de Matazano, enseñar siempre había significado hacerlo como se había hecho durante años: cuadernos, textos impresos y mucha vocación. La tecnología, para muchos, era un territorio desconocido.
Todo comenzó a cambiar con la llegada del Proyecto de Digitalización de la Educación, una iniciativa que alcanzó a tres comunidades de la mancomunidad MANCURISJ y que trajo consigo algo más que tablets y computadoras: trajo preguntas, temores y, poco a poco, esperanza.
El miedo al cambio
Para los docentes del centro educativo Dionisio de Herrera, la palabra “digitalización” sonaba lejana. No porque no creyeran en la educación, sino porque durante años habían construido su práctica con métodos tradicionales. La tecnología parecía complicada, frágil, incluso intimidante.
Durante la primera jornada de formación, “Pedagogía y Tecnología Digital”, el director del centro, el profesor Denis Bejarano, junto a su equipo docente, puso en palabras lo que muchos sentían: miedo. Miedo a no entender, a equivocarse, a no saber cómo integrar estos nuevos recursos en el aula. Pero también había algo más fuerte que el temor: el compromiso con sus estudiantes.
Ese compromiso fue el punto de partida.
Samuel y la pantalla en blanco
Entre los docentes, la historia del profesor Samuel Bautista se convertiría en símbolo de transformación. Cuando escuchó por primera vez sobre la plataforma educativa Kolibri, sintió que estaba frente a un idioma completamente nuevo. “No sabía cómo empezar”, admitió después. La idea de planificar clases desde una plataforma digital le generaba inseguridad, y cada botón parecía una prueba más de que aquello no era para él.
Las primeras semanas fueron difíciles. El temor a no adaptarse era constante. Sin embargo, Samuel tomó una decisión silenciosa pero poderosa: no rendirse.
Cada noche, cuando el día escolar terminaba, comenzaba otra jornada. En casa, su hija se sentaba a su lado y lo ayudaba a explorar la plataforma. Entre intentos, errores y risas, Samuel fue perdiendo el miedo. También encontró apoyo en sus compañeros, quienes avanzaban juntos, recordándose que aprender no tiene edad ni límites.
La pantalla que antes imponía distancia, empezó a volverse familiar.
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Aprender para enseñar mejor
Con el paso de los días, Samuel descubrió algo fundamental: la tecnología no venía a reemplazar su vocación, sino a fortalecerla. Aprendió a crear cuentas de usuario, a planificar clases de forma digital, a sincronizar informes y a utilizar Kolibri como una herramienta al servicio del aprendizaje.
Hoy, el profesor que una vez dudó, es ahora un referente dentro del centro educativo. No solo utiliza la plataforma con seguridad, sino que acompaña a los otros dos docentes del centro en este proceso de adaptación, compartiendo lo que aprendió y demostrando que el conocimiento crece cuando se comparte.
Lo que antes era una barrera, se transformó en un puente hacia nuevas oportunidades.
Una transformación que va más allá del aula
La historia de Samuel no es solo la historia de un profesor aprendiendo a usar tecnología. Es la historia de una comunidad educativa que decidió avanzar, incluso con miedo. Es la prueba de que la transformación real ocurre cuando se acompaña, se capacita y se cree en las personas.
Gracias al Proyecto de Digitalización de la Educación, hoy Erandique no solo cuenta con nuevas herramientas, sino con docentes empoderados y estudiantes que miran el futuro con más posibilidades. La educación en Matazano ya no se limita a las páginas de un libro; ahora también vive en una pantalla que conecta, enseña y abre caminos.
Porque cuando alguien se atreve a dar el primer paso, incluso con dudas, el cambio se vuelve posible. Y en Erandique, ese cambio ya está en marcha.




